Guerra y paz

La gran flota de destartaladas naves iba a pasar muy cerca del planeta… demasiado cerca. Esto no era nada nuevo para un planeta como aquel, cerca de una zona tan densamente poblada por orkos, pero siempre se le helaba la sangre cuando sucedía. Eran un planeta pequeño y sin importancia, eso lo conocía demasiado bien, y por ello siempre habían tenido que apañárselas solos. Sus defensas eran más que insuficientes para intentar detener a una flota de ese tamaño, de cualquier tamaño de hecho.

Ahora que lo pensaba, seguramente eso había jugado a su favor. Demasiado bien conocía ya a los orkos después de tanto tiempo para saber que los pieles verdes lo único que buscaban era una buena pelea. Un planeta bien defendido, con grandes ejércitos de la Guardia Imperial e, incluso, algunos Marines Espaciales, eran una invitación al ataque. Un planeta como aquel, con apenas defensas orbitales y solo un regimiento de la Guardia Imperial, era un aburrimiento. Eso es lo que les había salvado hasta ahora.

Normalmente cuando las flotas orkas pasaban próximos al planeta se limitaban a inundar el sistema de comunicaciones con mensajes sin sentido. Cosas como “Abran pazo al Gran Tirano Zugbog” o “Tiembla galazia, el Gran Jefe Snorgot va pa´alla”. Algunos se detenían para pedir tributos o impuestos. Casi todos querían lo mismo, armas, tanques… cualquier cosa que haga ruido, corra rápido o tenga poder destructivo. Si teníamos lo que querían se lo dábamos, si no les entregábamos un cargamento de armas láser. A lo largo de mi vida he llegado a entender que los orkos odian las armas láser. Simplemente, hacen demasiado poco ruido para un orko.

Sin embargo, nada de eso había ocurrido aún con la flota que tenían en pantalla. Como siempre, habían abierto todos los canales de comunicación, pero lo único que les había respondido era el desagradable sonido de la estática. Pensó que lo más razonable sería darles un poco más de tiempo, ya que con los orkos era siempre mejor ser prudente. Demasiado fresco en su memoria estaba la historia de su predecesor, el honorable Julius Handliller, que mantuvo el cargo de gobernador por más de treinta años y era, con diferencia, el hombre con más experiencia en el trato con orkos de todo el planeta. Pero eso no le salvo cuando, negociando las condiciones de rendición con un caudillo orko, Julius lo llamo su grandiosidad en lugar de su majestuosidad, que era como gustaba llamarse al orko en cuestión. El gigantesco caudillo, sin mediar palabra, cogió al pobre Julius con la mano enfundada en la garra de combate y lo partió en dos. No recuerdo el nombre del orko, pero sí que comencé a llamarle su majestuosa majestad, cosa que, afortunadamente, le encantó.

La flota seguía acercándose y las comunicaciones, en silencio. Se percibía que a cada momento que pasaba el ambiente se volvía más tenso, más cargado. Allí ocurría algo que no iba bien, se lo decían sus sentidos. Las naves eran de inconfundible manufactura orka, pero tal vez no llevaran orkos en su interior. Tal vez hubiera genestealers. Eso sería indudablemente peor, ya que cualquier cantidad de genestealers capaz de acabar con un número tan importante de orkos, podría fácilmente borrar nuestro planeta del mapa. Y con los genestealers no se puede razonar. Solo luchar desesperadamente para no morir devorados. Por favor, Emperador, si de verdad cuidas de nosotros haz que no sean genestealers.

Mientras se encontraba aun pensando en lo que les depararía el futuro, el futuro les alcanzo. La pantalla de control mostró como de los gigantescos pecios surgían una multitud de pequeñas naves que se dirigían directamente hacia el planeta. No había equivocación posible, se encontraban ante una invasión planetaria a gran escala y ni siquiera sabían a que se enfrentaban aún. Lo único que sabían con certeza, es que no podrían aguantar mucho tiempo. Y sin embargo tampoco podían quedarse de brazos cruzados ante el enemigo. Cogió el comunicador y empezó a impartir órdenes:

–        Atención. Alarma general. Estamos ante una situación de invasión a gran escala, repito, estamos ante una situación de invasión a gran escala. Todo el mundo a sus puestos de combate. Activar las defensas automáticas. La primera oleada llegará en tan solo 10 minutos. Repito, todo el mundo a sus puestos de combate.

Dejo el comunicador a un lado y se sentó en su silla de mando. Iban a ser diez minutos muy largos.

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La primera oleada de atacantes penetro en sus defensas como penetra un cuchillo sobre la mantequilla caliente. Las defensas orbitales explotaban por doquier y el cielo parecía que caía debido a la cantidad de pecios y naves que se precipitaban hacia el planeta. Pronto los orkos, porque al menos pudieron confirmar que, en efecto, eran orkos, estuvieron a cientos en la superficie del planeta destrozándolo todo. Al fin había llegado el día temido, el día de la aniquilación.

Un estruendo le saco de sus cavilaciones. Algo grande había impactado contra el bunker de mando y había abierto un gigantesco boquete en su estructura de rococemento. Una densa nube de polvo le impedía ver con claridad el objeto que había impactado contra el bunker, pero parecía una especie de tosca capsula de desembarco. De repente el objeto siseo y se abrió una escotilla de la que emergió una figura gigantesca. Era un orko de aspecto brutal, con dos grandes hachas cruzadas en su espalda y una gran arma de cañon corto en cada mano. Sus diminutos ojillos rojos miraron a ambos lado de la sala, y entonces dijo:

–        ¿Quién de vozotroz, malditoz blandengez rozadoz, ez el jefe?

Al oírlo el gobernador sintió una calidez bajando por su pierna y pudo por fin saborear lo que realmente significa la palabra miedo. Sin embargo era un hombre de fuertes ideales y no quería faltar a su responsabilidad en estos últimos momentos de su vida. Se las había visto antes con orkos, y hoy lo volvería hacer. Poco a poco, con sus piernas tambaleándose, consiguió ponerse en pie y decir con voz ronca

–        A…. aquí estoy

El orko se le acercó de dos grandes zancadas y lo estudio con rapidez

–        ¿Tú? ¿Zeguro? ¿¡¿Pero zi erez un blandenge incluzo para zer un rozado?!?

Era algo que le habían dicho muchas veces en su vida, una más no le importaba, sabía exactamente qué contestar

–        Lo… lo sé, pero soy el que tiene más medallas brillantes

Mientras que hablaba el gobernador se señalaba las insignias del uniforme y vio como el orko las miraba con curiosidad.

–        Zi que zoiz raroz loz rozadoz – dijo el orko mientras se rascaba la cabeza con una de sus armas – Zi de veraz erez el jefe tengo algo que dezirte. Veraz, un garrapato ze nos ezcapo y eztropeo todoz nueztro “hablalejoz”, azi que he tenido que venir personalmente. Zoy zu Archi grandiosidad, el Kaudillo Nurgbz, recuerda bien mi nombre. Zolo quería dezirte que venimoz en zon de paz….

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