Charlas de bar

Era un oscuro tugurio frecuentado por almas en pena y gente de baja estofa. Las paredes tenían una espesa capa de grasa, testimonio mudo del tiempo que hacía que no veían un mísero trapo. Por aquí y por allá se veían algunas viejas sillas, desperdigadas como si la mano de un dios las hubiese arrojado directamente desde el cielo.

El local se encontraba prácticamente vacío. El dueño, situado detrás de la barra con un sucio delantal, miraba de reojo a la única mesa que tenía ocupada aquella noche. En ella, cuatro voluminosas figuras paladeaban en silencio sus bebidas. O al menos eso hacían tres de ellas ya que, una de las figuras, se encontraba fuertemente atada a la silla donde estaba sentado.

– Chicos, ¿Queréis algo más? – Preguntó el camarero desde detrás de la barra

– ¡¡¡SANGRE!!! – Respondió rápidamente la figura que se encontraba atada  – …en tomate – añadió al cabo de unos segundos en un tono mucho más bajo.

El camarero se quedó unos segundos mirando fijamente a la mesa y, finalmente, hizo un breve gesto de asentamiento y entró por una puerta situada detrás de la barra.

– De verdad que no sé porque nos los traemos – Comentó una de las figuras señalando al que tenían atado – Siempre está dando la nota.

– Lo sabes de sobra, Pus – Le respondió otra de las figuras – Él es el que se encarga de pagar la cuenta todas las noches.

Tras este breve intercambio el silencio cayó de nuevo pesadamente sobre la mesa, y las figuras se volvieron a enfrascar en sus propios pensamientos. La figura atada empezaba a temblar incontroladamente de vez en cuando, pero aparte de eso nada ni nadie interrumpía la tranquilidad de los allí sentados. Y es que pocos en el universo se hubieran atrevido a provocar a los cuatro poderosos paladines del caos que se sentaban en aquel sucio bar.

– Oye tíos… – Dijo de repente Destino, paladín de Tzeentch – Hace ya mucho tiempo que nos conocemos y todavía no os he preguntado… ¿Cómo es que os dio por meteros en esto del Caos?

– En mi caso, la verdad es que no fui yo personalmente el que dio ese paso – Le respondió Pus, paladín de Nurgle – Fue más cosa de mi primarca. Seguramente si yo hubiese tomado la decisión no me hubiera decantado precisamente por el Padre Nurgle… y es que yo era un marine espacial muy limpio. Me llevaba todo el día dándole brillo a la armadura y cepillándome los dientes. No es que me queje de SUS dones – Continuo mientras echaba una mirada desconfiada hacía el techo del bar – Pero es que muchas veces traen más problemas que otra cosa. Por ejemplo, no hay quien ligue con este aspecto. Llevo ya más de tres siglos en dique seco y es que no hay manera oye. Y la cosa de encontrar apartamento está muy mal también. Por supuesto, nadie quiere como vecino a un tío que es una fábrica de bichos putrefactos andante. Pero creo que lo peor es lo del baño… cada vez que voy a cagar tengo que luchar contra mis deposiciones, aunque también he de reconocer que, a veces, he tenido muy buenas conversaciones con algunas de ellas.

– Si, la verdad es que yo tuve una vez de vecino a un marine de plaga y no es una experiencia muy agradable – Dijo Látigo, paladín de Slaanesh

– Ni siquiera es agradable vivir con uno mismo, así que me hago cargo – Respondió tristemente Pus – Pero, ¿Y tú qué Látigo? ¿Cómo llegaste a ser lo que eres?

– Pues veréis chicos, yo sí que elegí servir voluntariamente al Príncipe del Deseo…

– Guarro… – interrumpió Destino con una sonrisa.

– No seas así, Destino – Continuo de malas maneras Látigo – Aún no has escuchado mi historia y ya me estas juzgando. Escucha bien y comprobaras que fui empujado a tomar tal decisión.

– Mis disculpas compañero – dijo Destino con una sonrisa bailándole en la cara – Continua, por favor.

– Pues bien, cuando yo era mortal estaba casado, y mi mujer era… digamos poco imaginativa en la cama. Misma hora, mismo sitio, misma postura… misionero. Al principio de casados no es que te importe mucho esas cosas, pero poco a poco mi vida fue convirtiéndose en un infierno. Lo intente todo, le regale disfraces, la lleve a sitios románticos, la emborraché… Pero ella seguía siempre con el maldito misionero.  Misionero, nada más que misionero. Así que decidí que necesitaba un cambio y abrace gustosamente al Príncipe del Deseo. Ahora no práctico sexo sin antes haber ejecutado la danza de los siete suspiros, haberme embadurnado el cuerpo con alguna sustancia lubricante y ponerme mi traje de dominatrix…

– Ves tú, una cosa así me hubiera gustado a mí y no tener que gastarme todo mi sueldo en Cucal – Apuntó Pus

– Bueno, también tiene sus cosas malas no creas – Continuó Látigo – Hay veces que se te acerca una diablilla traviesa que te pone ojos zalameros, y cuando ya estás ahí medio en el tema descubres que no es una diablilla, sino un diablillo…. Y bueno, solo diré que esos demonios no están que digamos proporcionados.

Los demás observaron entonces que el paladín de Slaanesh siempre se sentaba sobre un mullido cojín que llevaba a todos lados. Anteriormente a esta revelación pensaban que era porque no le gustaba la dureza de las sillas, pero en ese momento advirtieron que podría haber otras razones diferentes.

– Sí, no es tan bueno como parece realmente – Siguió Látigo – Y si os digo la verdad hay veces que… que… que, bueno, echo de menos el misionero…

– Los dones del caos son siempre así amigo – Dijo Destino – Y creo que ahora me toca a mí contar mi historia, porque este – continuo mientras le daba un golpe a la figura atada, que en ese momento estaba gruñendo y echando espuma por la boca – No creo que nos vaya a contar gran cosa. La verdad es que yo me metí en esto del caos porque quería el tercer ojo de Tzeentch…

– El tercer ojo dice – Interrumpió Látigo – Hazme caso que el de Tzeentch no es el tercer ojo. Lo sé porque yo tengo el tercer ojo como un bebedero de patos…

– ¡Eso, eso! – Añadió Pus – Y yo echo cosas por el tercer ojo que os harían vomitar.

– Bueno valeeee – Continuo Destino – Pues lo dejare simplemente en el ojo de Tzeentch. La cosa es que a mí desde siempre me ha encantado apostar, pero no es algo que se me haya dado especialmente bien. De hecho, se me daba muy mal. No acertaba nada, y mira que lo intenté, caballos, fútbol, carreras de perros… No conseguía nunca ganar nada. Hasta que un día me frustre y me dije, ¿Qué podría hacer yo para mejorar mis posibilidades con las apuestas? Obviamente, si conocía de antemano el resultado la cosa sería muy fácil, así que me hice adorador de Tzeentch.

– ¿Y cómo fue la cosa? – Preguntó Pus

– Pues la verdad es que me tuve que hartar de trabajar para conseguir el terce… ¡el ojo!, el ojo de Tzeenth, y luego las cosas no fueron como yo había pensado. Por una parte, ningún corredor en su sano juicio acepta una apuesta contra un seguidor de Tzeentch. Es normal claro, si puedes ver el futuro la apuesta no es muy justa que digamos… es algo que tenía que haber pensado mejor antes de hacerme seguidor del caos. Por otra parte, no sabéis lo difícil que es ver algo en las cambiantes mareas del tiempo, requiere una meditación y una comprensión al alcance de muy pocos…. Vamos, que no veo un carajo…

Destino cogió su copa, que en ese momento estaba prácticamente llena, y la apuro de un largo trago. Después la puso sobre la mesa y se quedó mirándola, sumido en sus pensamientos.

– Esto… – Dijo Pus al cabo del rato – Creo que será mejor que nos vayamos ya. Es tarde y mañana vienen los de desinfección de plagas a mi casa. ¿Soltamos a este ya?

– Si, ¿Por qué no? – Contesto Látigo – Hay pocas cosas más espectaculares que ver a un berserker de Khorne pagando la cuenta de un bar, jejeje

Con unos hábiles movimientos, Pus soltó las cuerdas que mantenían atado al berserker a la silla del bar, que cayeron inertes al suelo. El berserker se levantó lentamente y, agarrando  la primera botella que tuvo a mano, empezó a correr chillando hacia el dueño del bar, que en ese momento acababa de salir por la puerta de la cocina. El dueño, al verlo venir se quedó parado en el sitio, con una ceja levantada como preguntándose, ¿Y qué quiere este ahora? El Berserker cada vez estaba más cerca, 5 metros, 4 metros, 3 metros… Cuando estaba prácticamente encima del dueño, paro en seco llevándose la mano al bolsillo trasero de sus pantalones, y dijo con un fuerte acento inglés.

– Disculpe usted, mi buen señor ¿Podría usted decirme cuanto le debo?

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